Supervivencia en la Naturaleza


El texto que leerá a continuación es una recopilación de extractos del libro ‘Supervivencia en la Naturaleza‘ de Lorenzo Mediano y Carlos Donoso del año 1983, se trata de información sumamente relevante y que personalmente, creo que toda persona que habita este planeta debería de conocer independientemente de que viva o no en medio de un entorno natural. Desgraciadamente, no he podido encontrar el libro en formato pdf, por lo que libro en mano y escaner activado procederé a redactar y escanear las imágenes que crea conveniente. Si desea publicar este artículo en su web o blog le agradecería que incluyera las fuentes al mismo, gracias y espero que disfrute la lectura.

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EL REFUGIO

Estudiando los ecosistemas de aquí al lado, desde el punto de vista del  refugio observamos que en la mayoría de las ocasiones hemos de protegernos del frío durante la noche. Pocos sitios hay donde no se pase algo de fresquillo de madrugada sin abrigo y en los que durante el día haga un calor infernal que obligue a pasar la noche caminando.
El calor no supone un gran problema y nadie tiene excesivas dificultades con un poco de maña para construir un parasol sino hay sombras. En el caso de que no existiese nada de vegetación (lo cual es rarísimo) se busca un saliente que nos proteja; de no encontrarlo se puede cavar un pequeño agujero y enterrarnos, refrescándonos con la humedad del subsuelo. Pero en el 99% de las veces hemos de protegernos del frío, moderado durante las noches de verano y muy intenso en invierno.

Es intersante a nivel práctico diferenciar entre refugios provisionales y refugios estables. Si vamos a estar en un sitio unos pocos días sacrificaremos la comodidad —no la calidad— a la rapidez de construcción, porque evidentemente si estamos nomadeando no vamos a dedicar todo el día a construirlo.
Si queremos estar bastante tiempo construiremos en un par de días una cabañita. Es necesario tener un sitio cubierto donde estar cómodo, ponerte en pie, etc. No es necesidad física sino de índole psíquica, pero no por eso menos importante.

EL LUGAR

Sea cual sea el refugio que queramos hacer, existen unas normas sobre el lugar donde construirlo.
Si estamos en una montaña, buscaremos las caras sur o sudeste, que son las partes más secas y más calentadas por el sol. No subiremos demasiado alto porque el viento nos azotaría duramente, ni descenderemos demasiado al valle debido a que en él aumenta la humedad y los mosquitos se convierten en adversarios temibles. Así pues, el término medio será lo mejor. Si pasa cerca un río, buscaremos que la montaña nos proteja de donde viene él, porque suele traer aire frío y húmedo.
Debemos observar cuidadosamente la vegetación. En principio buscaremos un lugar con una capa vegetal mullida y seca. Huiremos de lugares con cañas, juncos, eneas, sauces, chopos, helechos, etc, que nos garantizan amaneceres mojados. Un árbol bien frondoso encima nuestro evita el rocío, pero un bosque espeso carga el aire de fría humedad.

TIPOS DE REFUGIOS PROVISIONALES

El refugio provisional más normal es el inspirado en el vivac de los tramperos canadienses. Es rápido de construir, se puede hacer en cualquier lugar donde haya palos y resulta muy cálido. Consiste en un larguero inclinado que se puede apoyar sobre un árbol o bien sobre un trípode. Para hacer éste, buscamos tres palos del tamaño adecuado que dejen una horquilla en el extremo. Las enganchamos entre sí y a continuación colocamos el larguero. Los dos travesaños laterales han de inclinarse ligeramente hacia atrás para soportar mejor la tensión si colocamos un plástico. Una vez satisfechos de la forma conseguida, hacemos un pequeño hoyo junto a la base de cada palo, donde lo metemos para asegurar el conjunto.

Si hace mucho frío se puede tapar la entrada, pero si no lo hacemos hay que cuidar de orientarla hacia un lugar de donde no sople el viento, a ser posible nunca hacia el norte.
Más complicado es el tipo tienda de campaña. Es bastante más ineficaz que el anterior: no conviene ponerle lona porque entra el viento y la lluvia por los extremos, y no soportaría un vendabal. Eso si, techándola completamente es buena —aunque más costosa de hacer— y da más sensación de amplitud que la anterior. Es una forma de transición hacia la cabaña en distintos grados según lo grande que la hagamos, y se emplea cuando estamos establecidos en un lugar —no la hagáis si tenéis poco tiempo—, queremos un poco más de espacio y no nos compensa construir una cabaña.

Inspirados en este modelo podemos construir una semicanadiense muy sencilla colocando dos palos inclinados contra un talud o un muro, o sin palos si llevamos un plástico. Tendremos la precaución de quitar las piedras de la parte superior del muro que estén sueltas y nos puedan caer encima, y ataremos al plástico estaquillas colocadas a otro lado del muro o bien dos o tres palmos alejadas del borde del talud. ES un refugio muy sencillo de construir pero hay que tener cuidado con que no se meta agua por su parte superior; en los taludes conviene hacer una pequeña zanja de desagüe por encima. Es menos sólido, cálido e impermeable que el larguero inclinado, pero más rápido de hacer si disponemos de un plástico, lo cual es una ventaja importante en ciertas situaciones. De no disponer de él y tener que hacer un techado de ramas o paja, cuesta tanto como el otro y por tanto no merece la pena. Desarrollando la imaginación se podría intentar una combinación de los dos tipos.

EL TECHADO

Un buen techado protege no sólo de la lluvia, sino también del viento y del frío. Primero hemos de colocar horizontalmente sobre la estructura básica una serie de cañas o palos paralelos separados entre sí más o menos un palmo, dependiendo de la longitud del material con el que contemos. Si no son lo suficientemente fuertes se aplica un palo de refuerzo perpendicular a todo ellos. Si vamos a emplear algún tiempo en este refugio los ataremos con cordel —que podemos trenzar nosotros mismos—, de lo contrario con un manojito de hierbas retorcidas de las mismas empleadas para tejer, seleccionando las fibras más largas y verdes.

Luego preparamos un buen montón de haces o manojos de hierbas, cada uno atado por un extremo con otro poco de hierba retorcida. Iremos sujetando estas tejas a los palos comenzando por la hilera de abajo y anudándolas por debajo de su atadura. Las vamos apretando y sujetando entre sí, peinándolas un poco para que el agua resbale bien hacia abajo. Cuando hemos terminado una fila comenzamos la siguiente de forma que tape más de la mitad de la teja anterior. No intentemos economizar en esto porque entonces el agua pasará, aunque si lo construímos sólo para protegernos del frío y hay prisa podemos ser menos ortodoxos.
Así hacemos hilera tras hilera hasta llegar al final. Para que no cale por arriba colocaremos una cumbrera abriendo por debajo los haces y colocándolos de pie todo a lo largo de la arista.
Es muy importante que todo tejado de hierba o ramas tenga al menos 45º de inclinación porque al no ser impermeable el agua ha de resbalar por él.
También conviene cavar una pequeña zanja de desagüe para que el agua no encharque el suelo.

En lugar de hierbas se pueden emplear juncos, helechos secos, hojas de caña,etc. Pero en el supuesto extraordinario de que no exista hierba ni nada parecido, o en el no tan extraño de que estuviese mojadísima tras varios días de lluvia, podemos emplear ramaje. Ha de hacerse un tejado espesísimo amontonando cantidades ingentes de ramas, y aunque no se vea la luz en el interior, no es seguro del todo que no haya alguna gotera. Por ello hemos de tener cerca algunas ramas ya preparadas para reparaciones de urgencia. Sin embargo, es muy útil para resguardarnos del frío, el viento y la nieve, y rápido de hacer.

EL LECHO

Ya tenemos nuestro flamante techado. Nos tumbamos a dormir contentísimos y, a media noche, notamos un frescor en los riñones que va en aumento hasta no dejarnos pegar ojo. ¿Qué ha pasado aquí? Pues que hemos olvidado algo fundamental: encontrar algún método de aislarnos de la humedad y del frío del suelo. Una buena defensa contra la humedad es clavar cuatro postes y hacer una cama somera colocando ramas, cañas, etc. O la podemos tejer con cuerda, comprada o hecha por nosotros mismos (esto último es trabajosísimo). También podemos clavar ramas de forma que se inclinen todas hacia abajo y nos mantengan elevados.

Si hace frío, se puede poner hierba, hojas, helechos por encima y por debajo de uno, siempre que estén bien secos. De estar húmedos son inservibles (aunque un montón de hierba cuando fermenta da un calor que puede servirnos en una emergencia). También las podemos podemos meter entre le jersey y la camisa y nos protegerán mucho.
Cada mañana debemos mullir y airear el lecho para evitar que se formen humedades, quitando las piedras que nos puedan haber molestado la noche anterior, pues apesar de que lo intentamos limpiar antes de hacerlo siempre queda alguna en un punto estratégico.

EL FUEGO EN EL REFUGIO

Indudablemente, si construimos un refugio para conservar el calor, el fuego puede ayudarnos a estar calientes siempre y cuando respetemos unas sencillas normas, ya que de lo contrario puede ser ineficaz e incluso peligroso.

Lo primero es dirigir el calor hacia nosotros. Esto se consigue reflejando con tierra o piedras la radiación. Detrás nuestro, si no hemos construido nada, haremos otro semicírculo pero más grande, y de esa forma habremos creado un microclima cálido.
En cualquier tipo de vivac colocaremos el fuego delante de la entrada, con el reflector apuntando hacia ella.
Hay que tener muchísimo cuidado con el peligro de incendio de nuestro colchón, saco o techado, pues basta una chispa para que acabemos cual herejes. Es muy conveniente programar la mente antes de dormir con la firme idea de despertar si se reavivase el fuego.
Como no podemos estar alimentando la hoguera toda la noche, se apagará y no tendremos calor cuando más nos hace falta, es decir, en la madrugada.
Así que es mejor desarrollar un buen método para conservar el calor toda la noche. El óptimo consiste en hacer un fuego fuerte antes de dormir y, sin que se consuma del todo, taparlo con ceniza y arena. Des esto forma arderá en forma de brasa, lentamente, y emitirá un calor suave y constante. Muy importante es recordar que así se produce siempre el venenoso monóxido de carbono y por tanto no se puede emplear en lugares poco ventilados. Si el frío es muy intenso tal vez no podamos dormir a partes de las dos o las tres de la mañana. Procuraremos entonces acostarnos pronto y tener algún trabajo manual que realizar junto a la hoguera, así como leña suficiente.
Si estamos desesperadamente faltos de calor, cavamos un hoyo poco profundo y de unos 90 centímetros de largo por 30 de ancho. Allí meteremos las brasas y los troncos sin consumir del todo, los cubriremos primero con cenizas y luego con una fina capa de arena o tierra muy seca (de estar mojada cogemos la de debajo de la hoguera). Dormiremos directamente con el cuerpo sobre ella, sin colocar ningún lecho tanto por el peligro de incendio como porque nos privaría del calor (sobre nosotros podemos colocar una capa de hierba seca); nunca con saco o vestidos de tejido sintético a no ser que la alternativa sea morir congelados, pues éstos son altamente inflamables.
El fuego tiene otra utilidad más a la hora de dormir: arrojando suficientes hojas o hierbas verdes encima de las brasas, producirá suficiente humo como para mantener alejados a los mosquitos durante algún tiempo, siempre demasiado escaso por desgracia.

LA CABAÑA

En los refugios de los que hemos hablado tiene más importancia la rapidez en levantarlos que la comodidad que puedan proporcionar luego, pues para estar unos pocos días en un sitio no hace falta grandes lujos. Pero si hemos de habitarlos bastante tiempo (un mes, por ejemplo) el hecho de tener que meterte en un agujero de hierbas va minando la moral firme y lentamente. Esto es más cierto en invierno, cuando la estancia a la intemperie es reducida por fuerza. Además, el hecho de la construcción de la cabaña y su perfeccionamiento nos mantiene activos y evita la depresión. ¿Y lo maravilloso que es tener un hogarcito para cuando queramos y la sensación de libertad que da?.
Lo primero que hemos de hacer es buscar el lugar apropiado: soleado, seco, con agua potable cerca y recursos alimenticios próximos.

Después de hacer un refugio para pasar los primeros días y darnos una vuelta por los alrededores a fin de ver de qué material disponemos, hemos llegado a un punto delicado: no vamos a cortar cien árboles crecidos para pasar unos meses en una cabaña de troncos muy bonita, techada con gruesas vigas para poner pizarras o losas de piedra que podrían caernos encima o con corteza de árboles (lo que sería un asesinato en masa). Incluso en ciertos terrenos excavarse una cuevecita puede ser una alternativa.
Hemos de buscar tres condiciones: nula incidencia destructiva en el ecosistema, técnica sencilla de aprender y relativa rapidez de construcción y. muy , importante, que no haga daño si se desmorona. Existe un modelo de choza : que las reúne y lo podemos encontrar tanto en el África de hoy día como entre los antiguos pobladores de Europa y Norteamérica, es decir, adaptable a todos los climas y circunstancias, lo cual es una gran ventaja.
El tamaño está limitado por los materiales disponibles, por el tiempo al emplear, el uso a darle y la propia destreza técnica. Hacerla muy grande no es práctico, y merece la pena comenzar construyendo antes otra más pequeña al lado, ya que con la mayor surgirán grandes problemas técnicos. Un tamaño muy manejable es el de tres metros de diámetro, pero va bien hacer , antes un prototipo menor con la misma técnica para ver qué dificultades tenemos.
La mejor forma es la circular, ya que evitará los problemas del tejado a dos vertientes. Además es la forma geométrica que nos da mayor superficie con menos pared construida. Normalmente no haremos ventanas puesto que la misma puerta —orientada hacia el sur— nos sirve para que entre la luz. Si abrimos alguna ventana la tapamos con tela o papel para que entre claridad pero no el viento. Desarrollamos la vida fuera y sólo estamos dentro cuando si hace mucho frío, llueve o para dormir. No son necesarias ventanas panorámicas porque estás harto de luz y sol, y sólo deseas penumbra y un sitio cerrado para descansar e interiorizarte. Esto es algo que a la gente de la ciudad hambrienta de aire y luz les puede parecer mentira, pero basta hacer la prueba para darse cuenta.
Una vez elegido el sitio, marcad un círculo con un palo clavado en centro y un cordel. Trazarlo a ojo implica una choza-fantasía.

De estar en una zona donde haya piedras planas y de gustaros las apariencias sólidas y el trabajo difícil, podéis construir con ellas una pared circular de un metro de alto. Es preciso cavar un pequeño cimiento, y el muro así edificado ha de ser ancho, pues cuanto más ancho más estable será. Los huecos se rellenan con barro.
Pero esto es muy complicado y resulta más simple clavar postes en suelo cada cuarenta centímetros y unirlos en su parte superior con un travesaño para dar más fortaleza a la estructura. Luego podemos ir entretejiendo ramas (de avellano, sauce, chopo, etc.), mimbres, plantas de tallos alargados, juncos, cañas, etc. Una vez tejido, se recubre con barro arcilloso por dentro y por fuera. También se puede emplear los excrementos frescos de vaca amasados con agua, queda muy bien y el olor casi desaparece a los pocos días. Una variante es realizar un doble trenzado separado entre sí un palmo o dos y rellenado con tierra ligeramente humedecida; es sólido pero más trabajoso.
Una forma muy sencilla y casi diríamos que la mejor, es construir las paredes igual que el techo: con una estructura básica de palos y sobre ellos haces de hierba superpuestos, asegurando la hilada inferior con otros haces horizontales o cualquier otro sistema para que no pase el viento. Da tanto o más calor que las otras cabañas y suele ser menos trabajosa en muchas ocasiones.
Tampoco podemos dejar de mencionar la típica pared hecha de terrones de tierra con su propio césped hacia el exterior. Pero debido a que hemos de arrasar un prado no podemos emplearlo en un lugar que no sea nuestro —y aunque lo fuese es un poco destructivo.
El tapial y el adobe son más complicados y necesitan algo de técnica y material, por lo que no lo explicamos.
Si deseamos que la cabaña dure años, antes de clavar los postes recubrimos la parte que vaya a ser subterránea con resina, o los tostaremos ligeramente en la hoguera (también existen productos químicos que las protegen, pero no va por ahí la cosa). Lo más importante es el tipo de madera que elijamos. Si los postes son de nogal, roble, encina, boj, olivo o maderas duras, en general aguantarán muchísimo. Si son de pino o abeto bastante menos’ y chopo o saúco un par de años como mucho. No se necesitan troncos muy gruesos; para una choza normal bastan unos cinco centímetros de diámetro. Si ampliamos el tamaño de la choza, aumentan con gran rapidez los problemas de sustentación. Por ejemplo, con un diámetro de seis metros (casi treinta metros cuadrados) necesitaríamos ya vigas tan gruesas como postes telefónicos y contrarrestar los empujes laterales del techo. Es una obra difícil y fuera del ámbito de la supervivencia o vida nómada, para entrar en la autosuficiencia rural.
Siempre, sea cual sea el sistema empleado, intentaremos evitar que la pared entre en contacto con la humedad del suelo, para lo cual colocaremos entre los postes unas losas de piedra inclinadas hacia afuera.

Para el tejado no emplearemos cualquier hierba como en un vivac rápido, sino que buscaremos alguna con un poco de calidad, larga y con mucha celulosa. El carrizo es la mejor y seguramente durará más que nosotros; la paja de cereales cultivados es buena también pero difícil de encontrar ya que las segadoras actuales la cortan en trozos muy pequeños; peores opciones son juncos, eneas o hierba común. Para atarlas ya no empleamos un fajito retorcido, sino cuerda de hierba trenzada o cordel. Para aumentar su duración, se puede encerar pasando éstas por una bola de cera o grasa.
Levantar la estructura del tejado no es tarea fácil. A partir de tres metros de diámetro las dificultades aumentan vertiginosamente. Hasta esa medida clave, frontera en la que se detiene el fiel de la balanza entre el lógico deseo de disfrutar de espacio y el no menos lógico deseo de que no existan demasiadas complicaciones, podemos muy bien manejarnos sin andamios de ningún tipo y también, cosa muy importante, hacer el tejado aparte de los muros, lo cual facilita el trabajo (es decir, terminarlo a un lado y luego colocarlo sobre las paredes), desgraciadamente para colocarlo hacen falta varias personas o mucho ingenio. Incluso podemos comenzar la casa por el tejado y de esa forma edificar el muro después sin complicarnos en cálculos de la relación entre longitudes y diámetros.
He aquí las medidas necesarias para una cabaña de tres metros. Los postes de las paredes serán de 1,20 metros para que la altura sea de un metro y los largueros del tejado, 3,50 metros. Podemos prolongar el tejado hasta el suelo, en cuyo caso no construimos paredes aunque sí su estructura para ayudar a sostener el tejado; entonces los largueros serán de 4.50 metros aproximadamente. Si deseamos más espacio para estar de pie, se puede subir la pared sin variar las medidas del tejado. El tejado ha de tener siempre cuarenta y cinco grados de inclinación para estar seguros, y ha de sobresalir de la pared al menos dos palmos a fin de que no se mojen las paredes cuando llueva, sobre todo si éstas son de barro.
Una vez cortados los palos a medida atamos someramente las puntas de tres de ellos dejando que sobresalgan un par de palmos por arriba. Trazamos un círculo de dos palmos más de radio que el de los muros, y hacemos que las bases de los palos atados lo toquen, quedando equidistantes entre sí y formando un trípode. Colocamos entonces el resto de los largueros y atamos sus bases entre sí mediante fuertes palos, y luego anudamos fuertemente la cima. De esa forma se obtiene una base poligonal. A continuación, sujetaremos el resto de los travesaños más o menos distanciados entre sí según la largura del material con que contemos, el clima y el tiempo que deseemos estar. Cuanta más humedad y más años queramos que aguante, más juntos hay que colocarlos. La distancia mínima para que sea impermeable es tal que la gavilla superior cubra al menos las dos terceras partes de la inferior, y éstas han de quedar fuertemente aseguradas siguiendo el sistema explicado en el apartado del techado, y teniendo buen cuidado de que los extremos gruesos de las pajas queden hacia arriba. Es posible darle mayor seguridad empleando una atadura en peine (cada fajo se ha de apoyar en tres rastreles; en el superior se ata normalmente, y una vez dispuesta la paja como deseamos, se ata fuertemente otro palo por encima de los fajos al segundo rastrel, comprimiéndolos. También se podrían coser al rastrel pero es una técnica un poco más complicada. Todo el trabajo se facilita si mojamos previamente la paja.
Al ser la casa circular, no tiene cumbrera. De todas formas, como puede que os guste hacer otros diseños, aquí va un sistema para hacerla y quede duradera y estética (también podéis emplearla para los vivacs, aunque normalmente cuando los hacemos no pensamos en la estética). Consiste simplemente en colocar sobre el larguero superior toda una serie de brazadas de paja sin atar en sentido transversal a él, que sujetaremos con dos peines, uno a cada lado. Aquí pondremos paja en grandes cantidades, pues es el lugar donde más probable es que gotee cuando llueva. Es imposible construirla si sopla una ligera brisa.

En la cabaña circular sólo será un punto lo difícil de impermeabilizar. Podemos taparlo simplemente con una gruesa gavilla abierta o tal vez mejor con un tejadillo de cestería tapado luego con hierba y colocado aprovechando lo que sobresale de los largueros. Dejamos aquí un agujero en la cima de la choza, que nos permitirá hacer fuego dentro y nos facilitará cocinar cuando llueva —cosa aparentemente banal pero que puede ser importante si no para de llover en una semana— o para calentarnos en invierno.
Para la puerta dejaremos simplemente un agujero por el que poder entrar agachado. Cuanto más pequeña, menos frío pasará. Es importante que esté levantada del suelo, para evitar que el frío entre por debajo. Para taparla basta un lienzo tejido con cuerdas de hierbas, o un bastidor hecho con palos y sobre él tejas de hierba, un trozo de manta vieja con piedras atadas al extremo, etc, aquí la imaginación puede correr. Hemos de poder dejarla más o menos abierta para que el fuego no eche humo. Haciendo las pruebas pertinentes no habrá ningún problema.
En el suelo hay que extinguir la vegetación debido a la humedad que da. Podemos arrancarla y después pisar mucho o dejar que muera sola por la acción combinada de la falta de luz y nuestras pisadas. En el centro de la cabaña cavaremos un agujero profundo donde colocar el fuego. Cuidado con el peligro de incendio; las hogueras han de ser pequeñas y no soltar chispas. Para rematar el trabajo es precisa una pequeña zanja circular entre el lugar donde cae el agua procedente del tejado y la pared, con un desagüe en la parte más baja para evitar que se encharque el interior.
De los palos del andamiaje de las paredes podemos colgar las herramientas y todo lo que se pueda para que no ocupen sitio, pequeñas estanterías de cestería, etc.
He aquí un ejemplo de distribución de una choza de tres metros para dos personas. El fuego, que si fuese individual lo haríamos en el centro, lo desplazamos hacia la puerta para que haya sitio en el fondo para una cama doble, ya que para el calor y aprovechamiento de ropas es más eficaz dormir los dos juntos (desde luego, no tanto que sea peligroso para el tejado). Distribuimos en torno a las paredes, por donde es demasiado bajo para caminar, la despensa, los utensilios de cocina, el agua, los útiles de trabajo, la leña para el fuego de una noche y la ropa (colgada de perchas). Lo que usemos poco, debajo de la cama. Para estar sentados junto al fuego podemos emplear la misma cama o cualquier lugar del pasillo. De tener visitas se pueden acomodar en el pasillo para dormir.

AGUA

Uno de los problemas más graves con que nos podemos encontrar es el del aprovisionamiento de agua. ¿Qué hacer cuando falta?
Si prevemos una falta de agua prolongada no beberemos nada en las primeras veinticuatro horas para que el cuerpo ponga en marcha los mecanismos de ahorro de líquidos. Luego se raciona la que tengamos dividiéndola entre los días que faltan para aprovisionarnos. La ración del día se toma de la siguiente forma: la mitad se bebe antes de comenzar a caminar. Durante la marcha se enjuaga la boca antes de tragarla con pequeños sorbos. El resto se toma al descansar. Si queda una sola ración y no hemos llegado a ninguna poza, se bebe la mitad ese día y la otra mitad se guarda. Al día siguiente se toma sólo la mitad de la mitad que resta. Nunca vaciaremos totalmente la cantimplora pues puede producirse un desplome psíquico si sabemos que no queda nada de agua. Aunque sólo haya un sorbo anima mucho saber que no bebes porque no quieres.
Caminando de noche se gasta menos agua, pero en cambio es más difícil localizar pozos o charcas:
por eso es conveniente subir por la mañana a alguna colina que domine la zona y ver si se refleja el sol en algún charco o si existe alguna zona frondosa más o menos cercana. Además de caminar al amanecer, por la noche y al atardecer, iremos cubiertos con una camisa clara, que reduce la transpiración y evita la acción directa de los rayos solares. Llevar una pajita en la boca quita bastante la sensación de sed al ensalivar continuamente. También es bueno pensar en limones y respirar suavemente sólo por la nariz. Es preferible suprimir las comidas pesadas, proteicas o harinosas y, de no tomar agua, la sal. Por contra, si tenemos toda el agua que queramos la sal es imprescindible.

BÚSQUEDA DE FUENTES

Es algo instintivo. Pero como la mayoría tenemos los instintos casi anulados hemos de ayudarnos con algunos datos:

  • En terrenos graníticos, si encontramos una zona húmeda excavaremos en el lugar más bajo.
  • En vaguadas de terrenos calizos, pegaremos el oído al suelo. De oír agua recorreremos la vaguada para ver dónde surge, ya que muchas veces mana y luego se oculta. Si no aparece ningún sitio, cavamos donde más claro se oiga y más humedad se note.
  • También en terrenos calizos, las cuevas y entrantes marcan las fuentes, o al menos en su interior suele gotear agua.
  • Una fuente suele manar donde se juntan dos estratos minerales distintos, uno impermeable debajo (arcilla o margas por ejemplo) y otro permeable encima (caliza, conglomerado).
  • Normalmente las sendas pasan por donde hay fuentes. Los pueblos y caseríos abandonados han de tener un punto de agua próximo.
  • En un caso desesperado, huellas de animales abundantes y de especies distintas nos pueden indicar la dirección, aunque no es un método muy seguro.
  • Plantas indicadoras: cañas, juncos, chopos, sauces, hierba más verde que los contornos, etc.
  • El olor de humedad que trae el aire, y es importante el sonido del goteo que se escucha de lejos si permanecemos atentos.
  • En España, con ir bajando siempre de vaguada en vaguada acabaremos llegando a un río.

OTRAS FORMAS DE OBTENER AGUA

La savia de las plantas se puede beber, siempre que sea de color claro y tenga buen sabor, nunca la lechosa o colorada, de sabor ardiente o amargo.
En una playa es posible chupar con una pajita (obtenida de cualquier gramínea) el agua que sale al excavar un poco apartados de la línea de mareas. Sólo se toma la superficial, que aunque de sabor salobre, es perfectamente bebible.
La nieve o el hielo jamás los tomaremos derritiéndolos en la boca. Primero se derriten al fuego o de no haberlo se meten en la cantimplora y ésta entre las ropas, al caminar. Luego se le añade sal, litines, ceniza de leña, arcilla o todo junto. Se airea agitándola (muy importante para que siente bien) y se toma la mezcla resultante.
La sangre y los jugos intestinales de los animales pueden proporcionar líquido en un caso extremo.

Antes de acostarnos, en el fondo de una vaguada soleada preparamos un destilador solar haciendo un hoyo en el suelo de un metro de diámetro y casi otro de profundidad. En la parte más honda colocamos un bote de boca ancha para recoger el agua. Metemos en el hoyo abundantes plantas lo más verdes posibles y en otros botes o platos agua salada o la orina contenida durante todo el día. Se tapa cuidadosamente con un plástico cuyos bordes se recubren con piedras y arena (de estar más de un día se coloca un tubito de goma desde el recipiente al exterior para no tener que interrumpir el proceso para recogerlo, pues alcanza su máxima eficacia al segundo día de funcionar, bajando a partir del tercero; si sólo ha de estar un día es innecesario). Con cuidado se coloca una piedra encima del plástico de forma que quede justo encima del recipiente de recolección y le da al plástico una inclinación suficiente. El mecanismo es el siguiente: el sol evapora la humedad del suelo, de las plantas y de la orina o agua salada, condensándose en el plástico. Resbalan las gotas hasta el vértice colgante que forma la piedra y de allí caen al bote. Es preciso que el plástico esté suficientemente inclinado o no resbalarán. La producción depende de muchos factores: humedad del suelo, calor del sol. número de plantas, superficie del plástico… pero podemos decir que proporciona alrededor de medio litro al día. Desde luego en una playa es más productivo, o si se empapa el suelo con agua salada, corriente en algunos lugares (jamás emplearemos agua con anticongelante de un automóvil, pues este fuerte tóxico es muy volátil y pasaría al agua de beber).
Otro sistema para obtener agua es recoger el rocío. Cuando el cielo comienza a clarear, extendemos todo lo que tengamos brillante: papel de aluminio, plástico, etc. El rocío que se condense allí y en las plantas verdes, si es que existen, lo reunimos con una esponja o un pedacito de tela y lo sorbemos.
Para recoger agua de lluvia, simplemente elevamos un poco las puntas del plástico y colocamos una piedra en el centro.

NUNCA BEBEREMOS:

  • Agua de mar, pues da más sed. Esto es relativo, se puede beber hasta medio litro al día en pequeños sorbos sin trastornos, a ser posible mezclándola a partes iguales con agua dulce.
  • Orina, pues es contraproducente, ya que sirve de diurético y dará más sed después. Sin embargo, la podemos destilar como antes se ha explicado.
  • Aguas contaminadas, ya que provocarán diarreas que nos deshidratarán rápidamente. De vernos obligados a beberlas hay que destilarlas o emplear los métodos de purificación descritos seguidamente:

LA PURIFICACIÓN DEL AGUA

Un agua contaminada por bacterias, bebida directamente, puede dar lugar a enfermedades… en teoría. Por experiencia personal, tras haber bebido agua de todos los colores desde el verde al negro, todo depende del entrenamiento. Se prepara agua bacteriológicamente sucia mezclando limo de rio, hojas e insectos muertos, algún pedazo de carne, y se deja unos días al calor. Se filtra y se guarda en la nevera. Se toma durante dos días una cucharadita disuelta en agua normal sin cloro, luego del tercer al cuarto día dos cucharaditas separadas, del cuarto al séptimo dos dedos, del séptimo al catorce medio vaso. En caso de iniciarse una diarrea se suspende la experiencia y se vuelve a comenzar una semana más tarde. Antes de iniciarla ha de beberse únicamente agua sin clorar, a ser posible de fuente y ya la tomaremos así siempre, puesto que el agua clorada destruye todo nuestro trabajo. Esta especie de “vacunación” no es necesaria nunca más si tomamos aguas sucias más o menos a menudo, salvo que viajemos a zonas con epidemias, en cuyo caso las nuevas aguas serán consideradas contaminadas y se irán tomando según la pauta indicada y bebiendo el resto previamente purificado.
Para purificar un agua de sus bacterias, incluso de muchos de sus contaminantes químicos (¡o radiactivos!), la herviremos durante cinco minutos (o treinta en caso de epidemias), luego la pasamos por un filtro —que ha de renovarse cada tres días— fabricado con una lata de fondo agujereado, con arena fina abajo y gruesa arriba. Luego la ponemos en carbón vegetal pulverizado, la agitamos abundantemente y la dejamos sedimentar. La cambiamos de bote tirando el sedimento y hacemos lo mismo esta vez con arcilla. A continuación la colocamos al sol en un plato llano y la agitamos para que se oxigene. Este largo procedimiento nos garantiza un agua purísima. Sólo es necesario en el caso de aguas muy peligrosas; normalmente se puede emplear únicamente ya sea la ebullición, el filtrado o la sedimentación, recordando que el agua hervida siempre ha de agitarse para que se oxigene.
Hay pastillas purificadoras (una porquería) o se puede echar dos gotas de lejía por litro (otra porquería). Sin embargo, en caso de tener que mantener un agua en verano durante mucho tiempo hay que colocar dos gotas de lejía por litro cada semana como mínimo, o bien productos químicos especiales (yodo, etc.).

ORIENTACIÓN Y TOPOGRAFÍA

ORIENTACIÓN

Los seres humanos nos orientamos instintivamente por los lugares que conocemos sin necesidad de pensar. Pero si hemos de ir por donde no hemos pasado nunca nos quedamos paralizados, sin poder alejarnos mucho del punto de partida y por supuesto con pocas posibilidades de llegar a algún sitio. En este apartado trataremos el fundamento técnico necesario para aprender a orientarse. La práctica es imprescindible para dar vida a las palabras.

CÓMO ENCONTRAR LOS PUNTOS CARDINALES SIN BRÚJULA

Todos sabemos que si nos ponemos mirando hacia el norte, el este cae a la derecha, el oeste a la izquierda y el sur a la espalda. Conociendo uno de estos puntos cardinales podemos deducir la posición de los demás. Sin contar con la brújula, para saber dónde está un punto cardinal existen métodos bastante seguros y métodos tan imprecisos que apenas se emplean.

EL SOL

De niños nos enseñaron que el sol sale por el este y se esconde por el oeste. Bueno, pues eso es una verdad a medias. El sol sólo sale por el este y se pone por el oeste dos días al año: en el equinoccio de primavera y en el de otoño (21 de marzo y 23 de septiembre). A partir del 21 de marzo se va desviando un poquito cada día hacia el norte tanto el orto como el ocaso, hasta el solsticio de verano (22 de junio) en el que casi sale por el nordeste y se oculta por el noroeste. De ahí en adelante vuelve a su posición “oficial” que alcanza el 23 de septiembre. Y otra vez la misma historia, pero hacia el sur, de forma que el 25 de diciembre casi sale por el sudeste y se pone por el suroeste. Conociendo este proceso se pueden deducir con bastante precisión los puntos cardinales si el terreno es llano (en un terreno montañoso engaña bastante).
Lo que no cambia es la posición del sol al mediodía, que siempre es hacia el sur, aunque en verano está más alto y nos dificulte más el localizarlo.
En verano y al mediodía, es un buen truco colocarnos bien rectos de espaldas al sol. Hacia donde se desvíe un poquito nuestra sombra, ése es el Norte. En invierno no hay problema, porque el sol está suficientemente bajo como para no haber dudas. ¡Pero cuidado! La hora oficial está adelantada en verano dos horas sobre la solar y en invierno una. Así que en verano mediodía será a las 14 horas y en invierno a las 13 h.

LA ESTRELLA POLAR

La estrella polar es una estrella pequeñita y poca cosa, que nadie mencionaría si no fuera porque es la única estrella fija del firmamento y además está colocada hábilmente justo en el norte. Su utilidad de noche, cuando no está nublado, es enorme.
¿Cómo localizarla? Buscad la Osa Mayor si la conocéis, y si no pedid a un amigo que la conozca bien que os la enseñe. Unid con la imaginación las dos últimas estrellas y prolongad la línea cuatro veces su longitud en el sentido que indica la fig. 2, hacia un sector casi vacío de estrellas. Allí, brillando tímidamente, está la Estrella Polar, acompañada los días muy despejados por las demás estrellas de la Osa Menor.

LA LUNA

Para simplificar las fases de la Luna, recordad que le gusta llevar la contraria. Así que cuando Crece tiene forma de D y cuando Decrece forma de C. Es importante saber diferenciar los dos cuartos porque en el cuarto creciente los cuernos apuntan al este y en el menguante al oeste. Más fácil, un refrán: “Cuarto creciente, cuernos al oriente”. La luna lleva la contraria al Sol: si bien sale por el Este, sube al Sur y se oculta por el Oeste en los equinoccios (hasta ahí todo es igual), luego en invierno está más rato en el cielo pues sale por el noreste y se oculta por el noroeste, y en verano va de sudeste a suroeste. En todos los casos su cénit está en el Sur, más o menos alto según la estación.

EL RELOJ

Este aparato os puede servir para orientaros de la siguiente forma: Poned primeramente el reloj con la hora solar. Apuntad hacia el sol la manecilla pequeña y la bisectriz del ángulo que forman la manecilla pequeña y las doce del reloj señala más o menos hacia el sur (fig. 3)

LAS SOMBRAS

Clavando un palo vertical en el suelo podemos conocer el norte. Si tuviésemos tiempo para observarlo durante el día, el momento en que la sombra es más corta señala el norte. Este sistema —que sale en casi todos los libros que tratan directa o indirectamente sobre orientación— es de una inutilidad absoluta, lo cual dice bastante sobre la experiencia de muchos autores. En cambio, sin ser una maravilla de precisión, es más eficaz marcar su sombra y girar esta señal quince grados por cada hora que falte o sobrepase el mediodía, hacia el este por la mañana y al oeste por la tarde. La marca resultante nos señalará el norte (fig. 4).

OTROS MÉTODOS POCO SEGUROS

Tienen un valor permanente complementario, casi sin importancia y no conviene fiarse de ellos.
— Suele haber más musgos y líquenes en las caras norte de árboles y rocas.
— Al levantar una piedra está más húmeda la parte norte.
— La nieve y el hielo se conservan más tiempo en la cara norte de las montañas.
— Los círculos de los tocones de los árboles cortados suelen estar más juntos en la cara norte del árbol (especialmente marcado en las coníferas).
— Los ábsides de las iglesias románicas suelen estar orientados hacia el este o el sureste.
— Las hormigas prefieren abrir los agujeros de sus hormigueros hacia el sur.
— Las aves emigran hacia el sur en otoño y al norte en primavera.

LA BRÚJULA

Puede pensarse que sabiendo buscar el norte por el sol y las estrellas no es necesaria una brújula, sin embargo la brújula es imprescindible cuando hay:

  • Niebla. Salir sin una brújula y un mapa es poco menos que desear pasarse unas horas o unos días dando vueltas perdido como mínimo. Sin ellos es mejor no moverse aún en la creencia de conocer muy bien el terreno.
  • Noches nubladas. Si además es luna nueva, no hay forma de conocer el norte, pues no tenemos ningún signo de orientación. Para ser capaz de orientarse sin brújula es preciso tener muchísima práctica en topografía y aún así es mucha la inseguridad.
  • Días nublados. Hay días en que todo el cielo está uniforme, difuso; no hay sombras ni puedes suponer dónde está el sol, sobre todo en valles con crestas altas.
  • Marchas sobre nieve. El sol reflejando en la nieve puede llegar a desorientar al más curtido, engañan las alturas, los entrantes, los desniveles. En una situación así no se puede despreciar ninguna ayuda, y menos la de la brújula.
  • Marchas que exijan gran precisión. Evidentemente, en este caso no podemos calcular los ángulos a ojo.

CÓMO DEBE SER LA BRÚJULA

Ante todo, hay que diferenciar una brújula de un alfiler pinchado en una patata, que es lo que venden muchas veces por ahí.
Lo primero es que esté rellena de un líquido especial que impida que la aguja baile media hora cada vez que la mueves. Imaginad lo que es ir por la niebla teniendo que detenerse un minuto cada vez que se consulta; en la niebla miras tanto la brújula como el camino, así que tendrías que parar cada tres pasos un minuto. Para saber si está rellena (no os fiéis del vendedor) movedla. Si la aguja se niega a abandonar el norte y vuelve a él tras una o dos oscilaciones, buena señal. Si gira como una loca, esa brújula no vale para nada.
También importante que el fondo de la brújula sea transparente, de forma que colocada sobre el mapa pueda servir de transportador de ángulos. Desde luego, ha de tener un círculo con los grados marcados y poder girarse ese círculo independientemente de la caja.
Otro detalle necesario es que los puntos cardinales y el norte de la aguja sean fosforescentes. Si alguna vez os anocheciese en el camino y no lo fuesen, sería bastante incómodo.
Interesantísimo y en lo que casi nadie piensa al comprarla si no la sabe emplear es que tenga dos puntos de mira fosforescentes para poder apuntarla como si fuese un rifle. Complemento indispensable de ello es un espejito que nos sirva para ver su círculo graduado al mismo tiempo que apuntamos.
Aunque no es fundamental, a veces va bien que lleve incorporada en la caja una regla para medir las distancias en el mapa, y una argollita para atar un cordel y colgarla del cuello. Si además la caja fuese de metal no podríamos pedir más, salvo que hablase y nos dijera por dónde ir, pero una de plástico es bastante más barata y sirve perfectamente. Ahora bien, no intentéis ahorrar en los demás detalles porque ahorrar no es comprar cosas que no sirven.
Como complemento va bien tener un pequeño transportador de ángulos y una reglita, sobre todo al empezar, para aprender.

EL EMPLEO DE LA BRÚJULA

La aguja se desvía teniendo cerca un reloj, linterna u otros objetos metálicos, igual que dentro de un automóvil. También la trastorna la electricidad de las líneas, y se ha de emplear con escepticismo si hay cerca una tormenta eléctrica.
Las mismas técnicas que en la orientación sólo con el plano nos permiten localizar montañas, el norte, trazar ángulos, etc. un poco a ojo, se emplean aquí pero con mayor precisión.

Para saber qué ángulo forma una montaña con nosotros y el norte del plano, apuntamos con la brújula hacia la montaña. A continuación, girando el círculo de los grados y mirando en el espejo, que estará levantado 45 grados, hacemos coincidir la señal del norte del círculo con la aguja (fig. 27). Como el norte magnético se encuentra en España unos 5 grados al oeste del norte geográfico o de los mapas, hemos de compensar ese ángulo colocando el norte 5 grados a la derecha siempre que apuntemos la señal del norte del círculo con la brújula, dejándola esos 5 grados a la izquierda. A continuación miramos (en el espejo o directamente sobre el círculo) los grados a los que está desviada la montaña del norte geográfico, ángulo llamado azimut. Al mirar los puntos cardinales en el espejo, tengamos en cuenta que al invertirse la imagen podemos confundirnos. Cuando caminamos por un sendero, trasladando al mapa el ángulo que forma la línea entre nuestra posición respecto al norte y una montaña, encontramos exactamente el punto donde estamos.
Si caminamos campo a través no podemos saber dónde estamos si no cogemos otro punto de referencia, así pues, buscamos el ángulo con otro relieve y también lo llevamos al mapa y donde se cruzan las dos líneas allí estaremos con una aproximación de 500-100 metros. Para una precisión de 10 metros hay que examinar los accidentes del terreno.
No es imprescindible ir por ahí con regla, lápiz, transportador, etc. La misma brújula nos sirve de transportador y unas pajitas rectas subsanan la falta de regla y lápiz.

EL BOTE DE SUPERVIVENCIA

Teniendo como objetivo ser capaces de sobrevivir en la Naturaleza sin nada, son nuestras manos, nuestra mente y nuestro cuerpo los que nos proporcionan los alimentos, el refugio, las medicinas y las comodidades. La sensación de libertad que da el saber que no dependes de nada es difícilmente comunicable, además de ser utilísimos los conocimientos que con ello se adquieren. Sin embargo, algo que caracteriza al hacer las cosas sin ayuda es que cuestan bastante tiempo. Desde luego que se puede encender fuego con dos palos, pero si estamos en invierno seguramente tendremos que esperar al verano, cuando todo está bien seco. Es un ejemplo un poco extremo, pero aunque menos marcado ocurre algo parecido en casi todas las situaciones. En el capítulo del refugio vemos la forma de construir un vivac con hierbas, pero cuesta una o dos horas. Suponed que está lloviendo. ¿No sería más cómodo contar con un plástico?
Por eso. todo el que hace prácticas de supervivencia, tarde o temprano compone un botiquín de emergencias para tener lo que puede hacer falta con urgencia y no se puede improvisar rápidamente. Curiosamente, en un ejemplo de evolución convergente, aquellos que tienen similares experiencias poseen botiquines semejantes. Este conjunto de objetos es algo individual y que evoluciona con el tiempo y con las vivencias de cada cual. Por ejemplo, en el tiempo transcurrido desde que se realizó la foto hasta el momento de escribir esto ha habido un cambio sustancial debido a las experiencias vividas en distintos ecosistemas. Por eso, tanto este artículo como todo lo demás deben tomarse como sugerencias, como hipótesis sobre las que trabajar, no como algo cerrado e inmutable. Introducid en él lo que en una excursión o experiencia de supervivencia os haya faltado y os haya producido grandes molestias.
El peso de este equipo es de poco más de medio kilo y su volumen el de una lata mediana. Todo lo descrito está dentro de él, aunque parezca mentira, y meterlo en el interior es cuestión de paciencia y práctica-, ha de hacerse cuidadosamente y de forma que ocupe el menor espacio posible. Seguro que la primera vez os quedan bastantes cosas fuera. Probando varias veces veréis que cada vez que se vuelve a preparar caben más cosas.
Pero como su mismo nombre indica sólo es útil para emergencias. El equipo normal debe de ser suficiente para nuestras necesidades por una razón muy sencilla. Si lo tuviésemos que montar y desmontar cada vez que necesitásemos las cerillas o sacarnos una astilla será el cuento de nunca acabar. Por eso sólo es práctico cuando falta algo, se ha perdido la mochila, para llevarlo en el automóvil o para tenerlo enterrado en un punto de la comarca que habitemos por si hubiese un terremoto u otra catástrofe, como hacían los apaches.
El recipiente ha de ser metálico —no de cartón aluminizado— y así nos sirve también para cocinar. La tapa hermética, impidiendo que entre el agua al interior y para que vaciando todo en una bolsa de plástico nos sirva de cantimplora. Por la cara interior la tapa puede servir de espejo de señales. Rodeando todo el bote hay una gruesa tira de esparadrapo, que de paso evita cierto sonido metálico enervante cuando va en la mochila e impide que si lo llevamos fuera lance destellos que podrían confundirse con señales.
En la cara interna de la tapa lleva pegada una tira de papel diciendo en primer lugar la fecha de la última revisión de su interior, pues una vez al año como mínimo hemos de examinar los alimentos, la carga del mechero, etc. A continuación una lista de todo lo que llevamos dentro, que permitirá que lo emplee alguien que desconozca lo que contiene. Al lado de cada producto que se pueda estropear pondremos su fecha de caducidad, lo cual nos servirá para cambiarlo a tiempo.
Al lado de la tapa vemos unas pequeñas tijeras bien afiladas. Para cortar con precisión una tela o la piel de una herida.
Bajo la tijera, tiritas sin dividir. Una ampolla en el pie puede ser algo molestísimo. Desde luego que se puede improvisar algo con plantas, pero la eficacia y la sencillez de estos apósitos (además de ocupar poco) merecen un lugar en el botiquín. Es mejor recortarlas nosotros mismos para poder elegir el tamaño que más convenga. Pueden sustituirse por algo de esparadrapo, pero tal como están empaquetadas se mantienen del todo limpias.
En el extremo un plástico de vivac, (de un grosor suficiente) de 2 x 1,5 metros envuelto en fuerte cordel que servirá para hacer los tensores. ¿Cómo conseguir reducirlo a tan poco espacio? Extendido en el suelo se dobla por la mitad, se le quitan las arrugas y se le pasa una plancha tibia para sacar totalmente el aire. Se repite una y otra vez hasta que queda de tamaño conveniente. Entonces se enrolla y se comprime fuertemente con el cordel. Si no sale bien a la primera repetid el intento y si aún no sale, buscad un plástico un poco más fino. Así podemos llevar con nosotros una tienda de campaña. En estas condiciones el plástico resistirá cinco años sin deterioro.
Debajo, un billete de mil pesetas. No es ninguna tontería. Es utilísimo para tratar con humanos. Muchas cosas que necesitas en un apuro te las entregan sólo con darlo. Últimamente su valor como amuleto mágico ha descendido bastante y habrá que cambiarlo por otro de más poder.
Al lado suyo un preservativo. Es utilísimo por ser muy polifacético. Aparte de su uso tradicional, puede llevar más de un litro de agua, hincharse como flotador (teniendo cuidado de no rasgarlo con las uñas), guardar sin que se mojen las cerillas o lo que sea necesario, etc. Últimamente los venden lubricados con productos químicos, lo cual es una porquería y los inutiliza para trasportar agua. Lo idóneo es que sólo lleven vaselina. Ha de cambiarse a los dos o tres años.
A su lado vemos unas pildoritas. Las rojas son antibióticos, concretamente ampicilinas. Las blancas son un calmante muy fuerte: nolotil. No sé otro sistema para permitir que no muera alguien por ejemplo con quemaduras extensas o traumatizados con fracturas abiertas, cuando lo natural sería morir de dolor al entrar en shock. Proporcionar cobertura antibiótica durante dos días en los ejemplos anteriores puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Si tuviesen un entrenamiento mental lo superarían, pero esto es rarísimo.
Otras pastillitas (a vuestra discreción llevar o no) son las anfetaminas. Si estamos totalmente agotados y parar significa la muerte (por ejemplo nadando, en la nieve, teniendo que realizar un esfuerzo extraordinario como llevar a cuestas un herido grave durante treinta kilómetros) es un buen momento para tomar una. Momentáneamente vuelven las fuerzas, se suprime el sueño y todo se ve claro… hasta que seis u o ocho horas más tarde desaparece el efecto y nos desplomamos, a no ser que tomemos otra. Cuantas más tomemos, menor es la duración de su eficacia y más profundo el bajón subsiguiente. Sus efectos sobre cuerpo y mente son horribles. Solamente con una ya estaremos luego con dolor de cabeza y necesitando dormir muchísimo, totalmente agotados, pues no da fuerza sino que disimula la fatiga, aplazándola. No es broma tragar una cosa de esas y sólo se debe hacer para salvar la vida propia o de otro, y entonces son utilísimas. Aquellos que tengan un buen entrenamiento mental tal vez las consideren superfluas, pero incluso para ellos puede ir bien alguna vez. Lamentablemente, la sensación de momentáneo estímulo agrada a muchos drogadictos. lo cual hace que sea difícil conseguir una receta médica para comprarlas, ya que nadie cree que sean para una finalidad sensata. ¡Ah! cuidado con la fecha de caducidad de los medicamentos.
Encima de las pastillitas. para situaciones prolongadas donde la alimentación vegetal sea claramente insuficiente, un montón de anzuelos (al menos de dos tamaños distintos y adecuados a la región), al lado una serie de hilos de pesca (10 metros de cada tipo y 25 metros del grueso, para hacer 5-6 líneas de pesca). Y un circulito en el que hay 8 metros de alambre de acero (para tender doce lazos para conejos).
En el extremo, una caja de cerillas impermeabilizadas. Para fabricarlas se cogen cerillas que no sean de seguridad y se meten en la cera líquida de una vela ardiendo y cuidando que no se prendan. Se dejan secar y ya está (también se pueden pintar con laca de uñas). La prueba de que funcionan bien es meterlas cinco minutos en el agua. Deben arder una vez secadas ligeramente con un paño. Su caducidad es de dos años.
Como en la caja de cerillas sobra sitio, la rellenamos con imperdibles de distintos tamaños que son utilísimos: desde para sujetarnos provisionalmente unos pantalones que se caen por haber perdido el botón (un problema si hace mucho frío) hasta para cerrar una cremallera rota. Llevamos además hilo negro y una aguja de coser.
Debajo de esto vemos un sobre metalizado. No es papel de aluminio sino una manta de supervivencia. Está hecha de un material tratado especialmente, que abriga más que un saco de plumas. Una de sus caras aisla del frío y otra del calor. Es resistente y puede soportar un par de semanas de uso cuidadoso sin deteriorarse, y luego un par de meses a base de remiendos de cinta aislante. Evidentemente es un sustituto sólo de emergencia de un saco de dormir normal, muy útil si éste se ha mojado o perdido, o para resguardarnos del calor del sol. No es demasiado caro: hace dos años costaba cuatrocientas pesetas, y se puede encontrar buscando en tiendas especializadas en deporte de montaña. Sirve también una funda de colchón pequeño como sustituto del saco de dormir, aunque es menos versátil y cálida.
A su lado, de arriba abajo, vemos en primer lugar una pastilla de glucosa envuelta en papel de plata para que no se deshaga. Es interesante, no por el alimento que contiene, sino por si sufrimos un choque hipoglucémico con el ayuno. Si falta alguna comida se notan mareos, debilidad, etc. lo cual no tiene importancia: pero si nos sucede esto en un momento comprometido, en el que necesitamos todas nuestras fuerzas, entonces un poquito de glucosa puede ser la diferencia entre caer o pasar. El mismo efecto lo consigue un poco de miel, pero ocupa más espacio por necesitar un frasco. La misión del montoncito de almendras es idéntica a la de la glucosa. Ambas han de sustituirse a los dos años.
Más abajo, una cuerda de nylon de tres metros, comprobada su resistencia a nuestro peso. Tiene tantas cualidades que no se pueden enumerar. Un corcho (con un par de gomas elásticas) si no tenemos madera alguna servirá de tapón de la cantimplora si se rompe o pierde el suyo. Quemándolo un poco puede servirnos para marcar señales grandes sobre rocas, o para tiznar el cuerpo o protegerlo de los rayos solares si no tenemos ropas.

Finalmente, una linternita —la más pequeña que podáis encontrar-— para consultar el mapa, buscar algo que se nos haya caído de noche y cerciorarnos, en caso de duda, de si lo que hay delante es un matorral o un pozo. La pila ha de cambiarse cada año. A la izquierda de las almendras unos cuantos metros de alambre maleable y en su interior cinta aislante. El de acero es muy difícil de trabajar, y éste tiene los usos más impensados y variables, desde coser suelas de botas rotas hasta atar puntas de flecha. La cinta aislante nos sirve fundamentalmente para tapar los agujeros que se puedan originar en el plástico o en la manta metálica.
A su lado, una venda elástica con sus enganches dentados, que sirve tanto para una herida como para un tobillo torcido. Vemos también un mechero. El fuego es tan importante que merece la pena llevarlo duplicado. Tengamos en cuenta que un mechero equivale a dos mil cerillas. Revisemos su carga cada año. Si se moja la piedra (lo que no pasa si es electrónico) secándola con un trapo vuelve a encender.
La vela envuelta en papel de plata y esparadrapo (está entre el mechero y el billete) nos sirve para encender un fuego con madera mojada, impermeabilizar una camisa o aplicar la cera en una quemadura. Lo mejor es hacerla nosotros mismos con tiras de cera virgen enrolladas en torno a una mecha. Es importante que vaya bien envuelta o con el calor se dispersará por el bote.
Bajo ella, un recipiente con sal marina. La sal es fundamental en el desierto o en las alturas.
Al lado, papel de aluminio envolviendo a un papel normal, y debajo un lápiz. El papel de aluminio es tremendamente versátil; incluso podemos cocinar con él. El papel normal puede ser útil para prender un fuego, dejar escrita una nota si nos hemos perdido indicando hacia dónde pensamos ir, hacer testamento, etc.
Al lado, una bolsa de basura, de plástico. Nos cubrirá la mochila y/o el saco de dormir cuando llueva, podremos meter en ella ropas o cosas delicadas cuando vadeamos un río, para recolectar hierbas, frutos, etc.
En la navaja no debemos intentar economizar espacio. Es fundamental que sea suficientemente grande como para manejarla con comodidad. Sobre su lado abierto hay una pequeña brújula de malísima calidad pero que puede servir si la que usamos se avería. Las agujas de coser, imperdibles, etc. que llevemos podemos magnetizarlos frotándolos (siempre en la misma dirección) con un imán. Les damos un toque de pintura en el lado sur (que es el que indica luego el norte) y ya tenemos mil brújulas de emergencia. Una pequeña lima de metales para desmellar un filo, trabajar un hueso, etc.
En su lado cerrado vemos una pequeña pinza, útil para sacar astillas. Con esta pinza, la navaja afiladísima, las tijeras y los imperdibles, contamos con un mínimo equipo de cirugía de urgencia… pero hace falta saber emplearlo.
Al volverlo a meter todo después de hacer la foto sobró sitio, así que ahora también hay un pequeño mosquetón de escalada y un par de docenas de garbanzos. Éstos además de cocinados, se pueden comer crudos metiéndolos en la boca y ensalivándolos tranquilamente como un caramelo, eso calma la sensación de hambre… porque cada garbanzo cuesta más de dos horas.
Como es importante que el botiquín siempre esté lleno para que las cosas no bailen y produzcan un ruído molestísimo, puede añadirse un botecito con antídoto universal, ahora eliminado por el carbón vegetal —fácil de encontrar en el campo—; un par de clavos de escalada y un clavo fuerte de acero como punzón, etc.
Este bote cabe en los bolsillos de las mochilas normales. Para transportarlo aislado va bien una red que sirva a la vez de zurrón, hamaca y mochila.

ÚTILES
hechos sobre la marcha

CUERDAS

Son muchas las veces que estando en el campo tenemos que atar algo y no tenemos con qué o mejor dicho no sabemos con qué.
Una de las mejores correas es la corteza de castaño. Se saca en tiras largas más o menos estrechas según la necesidad (sale muy bien y muy entera), es muy flexible y bastante resistente. Va bien para injertar, como ligadura. En cestería artesanal se utiliza en lugar de la cuerda para sujetar los costados cuando se levantan. Si estas correas vegetales llevan tiempo cogidas y se nos han quedado algo secas, se deberán mojar antes de utilizarlas. A veces se usan las cortezas de sauce o de tilo silvestre. Si no tenemos a mano ninguno de ellos también se pueden improvisar unas ligaduras con la corteza de otros árboles, aunque son peores. Se utilizarán ramas lisas y jóvenes, se sacarán con cuidado; en invierno salen peor. La corteza de torvisco tampoco ata mal.
Con un manojo de juncos o con unas pajas de centeno mojadas se ata un fardo, una gavilla o lo que haga falta. Las ramas de un año de las mimbreras son muy flexibles y nos pueden ayudar a sujetar unos palos. En el País Vasco estas doradas ramitas son muy utilizadas para atar los parrales porque aprietan pero no ahogan y no dejan mella en los sarmientos.
Otra buena cuerda la constituyen los tallos del lino, del que existen varias especies, todas ellas con propiedades similares. Crece espontáneo por las cunetas y lugares incultos y antes era muy cultivado por sus aplicaciones para tejidos y por sus semillas por el aceite de linaza. Una cucharada de estas semillas en ayunas tras haberlas macerado toda la noche es, sin purgar, de los mejores remedios para el estreñimiento.
Las cuerdas y las sogas típicas son de esparto (Lygeum spartum). Los tallos de las ortigas y las fibras de las ramas de la retama o hiniesta (Sa-rothamnus scoparius) también se pueden atar.
Así pues, si tenemos que hacer un refugio con palos y ramas o tenemos que atar o sujetar cualquier cosa, con cualquiera de todas estas plantas, podemos improvisar fácilmente una ligadura.
Naturalmente, las cuerdas que podemos hacer no son comparables a las de la compra. Su apariencia es burda, son menos flexibles y su resistencia para un mismo grosor bastante menor. Desgraciadamente no tenemos por aquí lianas de treinta metros de largo, así que para aumentar su resistencia iremos empalmando los materiales unos con otros hasta obtener el grosor suficiente e incluso sostener el peso de un hombre sin problemas. El mejor método es la trenza. Hacemos un nudo en el extremo y comenzamos a trenzar por ahí (fig. 1). La fibra que queda abajo pasa siempre al centro y arriba (fig. 2). Trenzando y trenzando llegamos al final de las fibras. Para empalmar ver la fig. 3. Las uniones de las distintas tiras no deben coincidir en una misma zona sino que estarán distribuidas uniformemente a lo largo de la cuerda. La longitud será la que deseemos.

Para obtener las cortezas de las ramas jóvenes, una vez limpias de hojas se inicia una raja en la zona más gruesa y estirando de allí sale entera (por ejemplo en el cornejo) o bien, si se adhiere mucho a la madera, golpeándola entre dos piedras a todo lo largo (sauce, brezo, etc.).Para obtener las fibras de plantas algo duras (ortiga, malvavisco, clemátide, etc.) quitamos las hojas, las aplastamos entre dos piedras con cuidado y las mantenemos dentro de agua un día o dos. Las deshilachamos lo más que podamos a continuación. Si el atado no ha de durar mucho ni resistir gran esfuerzo no es necesario realizar este proceso y puede atarse directamente con el tallo. Los vegetales de por sí flexibles y que no se quiebran al doblarse (tallos y hojas de gramíneas, hojas de palmito, etc.) se trenzan directamente. Si las fibras que empleamos son poco flexibles —de juncos por ejemplo—, en ese caso las pasamos entre dos piedras apretadas. Para que pierda rigidez la cuerda, una vez terminada con su nudo correspondiente, se pasa sobre una rama y se frota con ella tirando alternativamente de los extremos.
Para más abundar en los materiales comúnmente empleados tenemos la corteza interior del olmo o del tilo, cáñamo, gayuba, Galeopsis tetrahit, Ampelodesma mauritanica, pita. etc. Cualquier vegetal algo fibroso y alargado nos puede servir si estamos en un apuro. Nuestro sentido común y la experiencia nos lo dirá.
Es posible obtener una cuerda haciendo tiras con una camisa, pantalón, sábana, manta, etc.. y para que tenga resistencia han de trenzarse. Un pantalón o camisa no ha de ofrecerse a alguien que por ejemplo haya caído a un pozo o esté en un paso difícil, pues ceden por las costuras. En vez de eso desgarradlo por las costuras y unid las piezas con un nudo plano (es probable que no haya tiempo para trenzar).

TEJIDO Y REDES

Como puede suponerse, tejer una manta a partir de hierbas es una labor pesadísima, especialmente al trenzar todos los metros de cuerda necesarios. Una red emplea menos material y puede servir para preparar una mochila o una hamaca (para pescar no sirve) También se pueden hacer cordeles, pero sobre todo proporcionan finos hilos la ortiga, lino, hiniesta, malvavisco, lúpulo; el Agave americana o pita los da unidos a una aguja.
Existen dos nudos para red: el plano y la vuelta de escota (verlos más adelante). Los profesionales sólo utilizan la vuelta de escota pero para nosotros, especialmente si trabajamos con materiales improvisados, el plano sirve muy bien y es más sencillo de emplear.
Para trabajar con este nudo tenderemos en alto un palo horizontal del ancho de la red. Vamos cortando tiras de cuerda de una longitud aproximadamente cuatro veces la deseada para la red, aunque esta medida es muy variable y depende del grosor de la cuerda y lo tupido que tejamos. En general procuraremos hacerlas lo más anchas posible, pues se emplea menos material y trabajo. Buscamos la mitad de cada trozo y lo colgamos del palo. El número de trozos y su separación dependerá del ancho que le deseemos dar al agujero de la red. Seguidamente se atan los cordeles de dos a dos con nudos planos y una vez hecho esto se atan otra vez pero ahora al otro que tengan al lado. Siguiendo con este proceso se hace toda la red. Si falta cuerda se puede añadir más con nudos planos también, pero procurando que no queden todos en la misma línea.

LA CESTERÍA

La cestería es de lo más útil; conocer sus principios equivale a poder improvisar muchísimas cosas: cestos para recolectar, mochilas, etc. Desde luego aquí vale también la advertencia indicada para el tejido, la cerámica, el curtido, el calzado y demás artes: son difíciles y dominarlas requiere años y maestros. Afortunadamente no hemos de vender nada y podemos descuidar la estética, pues los materiales inadecuados y las herramientas improvisadas no perdonan.

NUDOS PRINCIPALES

Los nudos no son una cosa de boy-scouts o de niños, y muy pocas personas conocen el ABC de tan prácticos útiles.
Bulín. Sirve para unir una cuerda a una rama o palo. Es muy seguro y se puede deshacer muy fácilmente dejando una gaza en la última vuelta y estirando del cabo libre cuando convenga. Es uno de los más empleados.
Ballestrinque. Otro de la amplia serie que sirve para sujetar una cuerda a un palo. Es muy rápido de hacer. A diferencia del bulin, se aprieta cuando se estira y por lo tanto tiene usos diferentes. Lo hacen en las películas los vaqueros del oeste cuando dejan el caballo.
Ballestrinque triple. Más seguro que el anterior, sirve para atar un palo cuando la tensión puede hacer que el nudo se corra para abajo. Se emplea mucho.
As de guía. Es algo difícil pero importantísimo; hay que saber hacerlo con los ojos cerrados. Tiene como característica dejar una gaza que no se aprieta jamás por mucho que se estire. Entre otras cosas lo empleamos para asegurarnos al atravesar un paso difícil, pues con otro nudo si cayésemos se reduciría la gaza y nos haría mucho daño.
Para atarnos nosotros seguimos el proceso de la figura. El cabo corto, en la derecha, pasa por encima, sigue sin soltarse por dentro subiendo junto al vientre, va hacia la derecha y luego, pasando por debajo del extremo largo, se suelta el cabo de la mano por primera vez desde que iniciamos el nudo y se vuelve a sujetar una vez ha pasado. A continuación la mano se escurre junto con el cabo hacia afuera y ya está hecho el nudo, debiendo ajustarse a continuación. Si en vez de ir los primeros o los últimos vamos en medio, el nudo es el mismo pero con la cuerda doble, siendo el seno el extremo corto con el que formamos el nudo. De practicar montañismo en serio y no como emergencia, existen otros nudos más complejos e incluso chalecos especiales, pero describirlos en detalle se sale de este texto.
Rizo o nudo plano. Este nudo famoso y sencillo de hacer se emplea para unir dos cuerdas del mismo grosor siempre y cuando no nos juguemos la vida si cede el nudo. Los cabos que van en el mismo sentido son paralelos y pasan por el mismo lado de la gaza. Se puede emplear para tejer redes sencillas.

Vuelta de escota. Si intentáis unir una cuerda gruesa a otra fina con un rizo, observaréis que al tirar fuerte se deshace en muchas ocasiones. Este nudo lo impide, y sirve también para tejer redes mucho mejores que las de nudo plano pero bastante más complicadas.
De pescador. Si tenéis que colgaros alguna vez de una cuerda a mucha altura, y a esa cuerda hubiese que hacerle un empalme, no es el plano el nudo adecuado, sino este otro mucho más seguro, que tiene la desventaja que una vez apretado es difícil de soltar. También si unís dos sedales de pesca con un plano se soltarán, pues patinan muchísimo. Para que sea indestructible haced una piña en los cabos.
En ocho. Cada vez que queramos una piña al final de un cabo para que no patine, haremos este nudo.
De anzuelo. Sirve para asegurar el final de una cuerda con otra más fina para que no se deshilache, para unir un sedal a un anzuelo (es uno de los pocos nudos que no se deshace en el agua) o unir un sedal fino a otro grueso en una línea de pesca.
Prusik. Si alguna vez necesitamos subir por una cuerda, sobre todo si está mojada, por ejemplo si hemos caído en un sitio y nos la echan para salir, daremos gracias al cielo por conocerlo. Con esta técnica podemos subir fabricándonos escaleras portátiles, aunque es menos eficaz que los puños metálicos especiales que venden para esto. Ha de hacerse siempre con una cuerda más fina que la guía. El nudo para hacer el aro es el plano. Antes de subir los probamos: si patinan les damos más vueltas, o si por el contrario no resbalan les quitamos una. Con un nudo para cada pie tenemos suficiente: apoyados en la gaza superior descargamos el peso del pie inferior. Con la mano libre subimos el nudo inferior. A continuación apoyamos el pie y levantamos el pie antes superior y subimos su nudo. Este nudo puede servir para tensores de cuerdas o lonas, pero no es el mejor.
Tensor general. Para tensar y apretar: es muy útil para las lonas o plásti­cos de vivac o para atar paquetes, bultos, fajos de leña, etc.

Tensor para tiendas. Una alternativa para la tienda o lona. Es muy sencillo pero con cuerdas que resbalan mucho no funciona.
Amarre redondo. Sirve para unir en paralelo dos palos o troncos. Se comienza con un ballestrinque sobre uno de ellos y al terminar se unen los dos cabos con un plano. Si es para una herramienta va bien hacer pequeñas muescas e incluso colocar algún tornillo si se dispone de él.
Amarre diagonal. Sirve para unir dos troncos cruzados si una fuerza los intenta separar. Se inicia y termina como el paralelo.
Amarre cuadrado. Para unir dos troncos cruzados si uno ha de sostener otro.
Mosquetón. Si deseamos que alguien que no sabe nadar no se suelte de la cuerda, que hemos tendido para vadear un río, por ejemplo, haremos un aro en torno a la cintura con un nudo as de guía y sus dos extremos unidos formando otro pequeño aro con un nudo plano y una gaza para soltarlo rápido. Este aro es el que pasa por la cuerda guía y sirve de mosquetón.
Técnicas con cuerdas que conviene conocer son el rappel con o sin lazo y la de asegurar a alguien que sube delante o detrás (esto no se puede aprender en un libro y ha de enseñar alguien que sepa). La técnica mínima de escalada libre (saber trepar chimeneas, cortados, etc.) es útil, ya que nunca se sabe cuándo va a hacer falta, por ejemplo si caemos a un pozo o si el único paso exige subir una zona difícil. No necesitamos ser especialistas sino tan sólo ser capaces de defendernos en un apuro.

MOCHILAS Y ALFORJAS IMPROVISADAS

Un problema bastante común en la Naturaleza es el conseguir transportar una cantidad importante de material, alimentos, ropas… sin tener las manos ocupadas.
Para pesos pequeños (por ejemplo frutos silvestres o plantas comestibles) va muy bien anudar las mangas de una camisa o jersey, o las perneras de un pantalón. Se rellenan con nuestro botín y se echan ambas por los hombros hacia delante y con la camisa detrás o bien una por delante y otra por detrás con el cuello apoyado en el hombro.
Para mayores bultos es mejor hacer un hato con una manta anudando entre sí sus extremos. Se puede llevar a la espalda pasando los hombros por dentro (estilo indio del Perú), uniéndole unas tiras de tela que sirven de tirantes de mochila (nunca cuerdas pues se clavan en el cuerpo), sujetándola con la frente (como los sherpas) o, si no pesa mucho, en un palo como el clásico vagabundo.
De no disponer de manta es posible tejer una red o coser un pequeño saco con tirantes a base de trozos de tela. También es factible, para transportar pesos o cajas, construir una parrilla con palos entrecruzados. Cuidaremos de colocar los horizontales en la parte que no toque la espalda para dañarnos lo menos posible. Los palos verticales han de estar bastante separados y limpios de salientes. Es una buena idea acolchar el conjunto con ropas. Lo que nunca haremos es caminar con las manos ocupadas al ser fatigoso, incómodo, e incluso peligroso. Lo único que podemos llevar, si lo deseamos, es un palo o piolet (este último sólo en la nieve) para conservar el equilibrio.

ROPAS PARA EL FRÍO

¿Cómo obtener el máximo provecho de la ropa que podemos llevar un momento dado para protegernos del frío?
El gorro. En la nieve o cuando el frío es muy intenso, las orejas corren peligro de congelarse, además de que por la cabeza se escapa mucho calor. Para evitarlo se puede improvisar un gorro con una camisa y colocando por debajo un jersey u otra ropa; los faldones pueden cubrir la cara sujetándolos con imperdibles si el viento es muy fuerte o como bufanda enrollados al cuello.
Calcetines. Si los que llevamos están mojados, sirve el vendaje triangular de pie explicado en Primeros Auxilios.
Guantes. Se pueden sustituir por unos calcetines o por el vendaje triangular de mano (para hacérselo uno mismo es necesaria cierta práctica).
Pantalón y camisa acolchados. Rellenar el pantalón y la camisa con hojas o hierbas secas, triplica su aislamiento. Para dormir se puede acolchar todo el cuerpo; para caminar rellenar sólo los pantalones hasta las rodillas (para que no se caiga metemos el pantalón en los calcetines, igual que las manos en otros. Si la ropa está mojada ello impide que entre en contacto con la piel, pero el picor es difícil de aguantar si no hace mucho frío.

IMPERMEABILIZACIÓN DE LAS PRENDAS

Si llueve, un buen jersey de lana calienta algo aunque esté mojado, pero lo mejor es desnudarse, meter todo en una bolsa de plástico y secarnos cuando escampe. ¡Es un buen momento para realizar marchas pues se baten marcas de velocidad! Sin embargo, a veces hace demasiado frío o la lluvia es muy persistente y nuestro entrenamiento no alcanza. En ese caso podemos untar la ropa con un poco de aceite o frotarla con cera o parafina ablandada un poco. Y para aumentar aún más la seguridad rellenarla con hierbas. Esto protege hasta cierto punto si llovizna, pero si llueve fuerte… Ante la lluvia fuerte no hay equipo que aguante seco más de unas horas, por eso siempre procuraremos tener una muda seca.

EL CALZADO ESTROPEADO

Se puede caminar descalzo perfectamente por caminos, prados, huertas y campos, pero en la mayoría de los montes existen muchos pinchos que atraviesan la piel más fuerte.
Si la suela se ha comenzado a desprender, intentaremos coserla con clavitos improvisados con alambre afilado; pero si no es posible por el tipo de calzado o no disponer de alambre, ataremos las dos partes con un cordel (que pase por entre el dibujo de la suela para que no se rompa al caminar); así reforzado resistirá más tiempo. Cuando se desprenda del todo, con unas tiras de tela clavadas con alambre a la suela y algo de imaginación, construiremos unas preciosas sandalias. Podemos preparar otras suelas con madera, cubierta de neumático, con Agave americana, o con tela mediante el ya mencionado vendaje triangular y colocando debajo del pie musgo o similares para acolchar y aislarlo si es necesario.
Por cierto que todos estos calzados suelen necesitar frecuentes reparaciones pero al menos nos sirven.
Unos calcetines viejos por encima de la bota sirven caso de llevar un calzado resbaladizo y tener que trepar por rocas húmedas.
¿Y las pieles de animales? Evidentemente si necesitamos un calzado ya, no vamos a esperar tres días. Para usar como calzado una piel de animal no es necesario curtirla como debe ser; basta simplemente quitarle la grasa con un raspador y dejarla secar al sol y tirante. Quedará dura y acartonada aunque dure poco tiempo.
La mejor suela natural —una opinión personal— es la de cuerdas de hierba, corteza, etc. trenzadas y cosidas entre sí en una espiral elíptica que adopte la forma de la planta del pie. Tampoco durarán muchos días, pero son cómodas y sobre todo se hacen en el momento, en cualquier lugar y con un mínimo de trabajo. Sobre esta suela se cose tela o tiras de cuerda de hierbas en la forma que mis nos guste.

EQUIPO PARA LA NIEVE

Si nos sorprende una gran nevada o si hemos perdido todo el equipo en un alud, una caída u otro accidente, podemos improvisar todo el material necesario.
Raquetas. No existe nada más fatigoso que caminar en la nieve hundiéndose, a veces hasta las rodillas o la cintura. Lo ideal son los esquís, pero como son dificilísimos de fabricar construiremos unas raquetas con una rama verde, limpia de ramas menores, doblada y atados sus extremos con un nudo de anzuelo. Luego damos vueltas a la cuerda en torno al palo dejando gazas y a continuación se va pasando de extremo a extremo uniendo las gazas en zig zag. Se tensa y se pasa la cuerda de arriba abajo. Ya hemos conseguido una superficie sobre la que flotar. Ahora preparamos una pequeña cavidad para la punta del pie y una cuerda para pasar por encima del talón y que no se salga, detalle importante para caminar cómodamente: el talón se ha de poder levantar siempre. La técnica para marchar con ella es muy parecida al esquí de fondo y además levantándolas ligeramente. Unos bastones de esquí ayudan mucho.
Bastones de esquiar. Imprescindibles para la nieve, nos evitan más de la mitad del esfuerzo. Ofrecen apoyo y equilibrio, y descargan de trabajo a las piernas. Son muy simples de construir: basta un palo fuerte terminado en una horquilla triple o cuádruple. Atamos entre sí las ramas de la horquilla por la punta con ballestrinques triples. Si la nieve es muy blanda tendremos que procurar que la horquilla sea cuádruple para poder trazar diagonales y que así no se hunda tanto. En el mango un nudo de anzuelo, y uniendo los dos cabos un rizo y así tener un lazo en el que meteremos la mano para no perderlos en una caída en pendiente.
Piolet. Es fundamental para caminar por laderas empinadas, es un seguro de vida. Su principal misión es servir de freno en las caídas clavándolo en la nieve. Mucha gente inexperta ha caído hasta rocas o precipicios por no llevarlo. Construirlo es sencillísimo: una rama fuerte de la que se bifurquen otras dos (ver figura). Se descorteza y sé le da algo de forma sin afilarla, pues no hace falta y sería peligroso de caer encima. En la bifurcación se ata con nudo de pescador otro aro como el del bastón, que impedirá que se salga de la mano pase lo que pase. La técnica del frenado consiste en clavarlo apoyándose el peso del cuerpo sobre la mano en que se lleva, y con la otra ayudando en el palo largo.

Gafas de nieve. Importantísimas para no quedarse ciegos, aunque esté nublado. Se pueden improvisar de muchas maneras: haciendo unas ranuras en una corteza o tira de madera; con una tela a la que se hacen agujeros, mejor en cruz; con ramas o hierbas; dejando poca abertura entre lo que nos tapa la cara y lo que cuelga de la frente (el mismo sistema del desierto). En todos los casos va bien como complemento —o como único recurso si no hay otra cosa— tiznarse completamente párpados y cuencas de las órbitas para que el sol no refleje en la piel.
Polainas. Se hacen con una bolsa de plástico desfondada y atada a ella dos cordeles con piedrecitas (como para hacer tensores en el plástico del vivac) a dos puntos opuestos de uno de los bordes. Esta cuerda impide que la polaina suba al rozar con la nieve, y se ata por la muesca anterior al talón de la bota. Otro cordel se ata en torno al tobillo de la bota para que la nieve no penetre por debajo. Finalmente, con una goma elástica se enrolla la parte superior del plástico sin apretar demasiado para no entorpecer la circulación o se congelará el pie; esta parte también se puede coser a los pantalones o a los calcetines. En vez de plástico sirve la corteza de abedul. Las polainas son útiles además cuando llueve o ha llovido mucho y toda la hierba está mojada.

HERRAMIENTAS DE CORTE

Careciendo de un buen cuchillo y buen hacha podemos improvisar sucedáneos más o menos afortunados, aunque siempre terriblemente inferiores en calidad a los de un buen acero. ¡Por algún motivo los pueblos que siguen en la edad de piedra se vuelven locos por hachas, cuchillos, cerillas, y anzuelos! Así es que no soñéis con partir de dos golpes un tronco ni nada parecido con un hacha de piedra. Viciados por los metales, los otros materiales nos servirán para salir de un apuro… y gracias.
La piedra mejor es el sílex, la más dura pero también la más difícil para darle una forma prevista. De no contar con ella, buscaremos una piedra aplanada de grano lo más fino posible y la golpearemos —al revés lo que pudiese parecer lógico— contra su parte delgada y perpendicularmente. Las lascas que suelta se pueden aprovechar para raspadores u otras herramientas, según su tamaño y forma. Tened paciencia y preparaos para desperdiciar montones de piedras. El trabajo de la piedra era todo un oficio y nosotros, pobres aprendices, nos conformaremos con que salga un filo. El que obtengamos primero suele ser cortante pero frágil y tendremos que romperlo para que quede más duro. Una vez obtenido el definitivo lo afilamos como un cuchillo.
Si hemos obtenido una forma aprovechable como hacha, la emplearemos agarrándola con la mano y golpeando fuerte pero con cuidado. Nos armaremos de paciencia, pues cualquier objetivo cuesta muchísimo tiempo. Para multiplicar la fuerza del golpe podemos colocarle un mango mediante un nudo diagonal combinado con otro cuadrado y con otra cuerda que la sujete por detrás para que no retroceda. El palo ha de aplanarse donde está la piedra para que ésta asiente bien. Se partirá fácilmente si le colocamos mango a no ser que empleemos sílex u otra piedra muy dura o que utilicemos el hacha para cortar ramas pequeñas. Otros instrumentos que podemos hacer con piedras son una navaja con filo del tamaño de una mano y algo rugoso para cortar hierba; una piedra redonda sobre otra algo hueca de natural para moler semillas, un raspador para quitar la grasa de las pieles a curtir, etc.
Con madera también se pueden hacer muchos instrumentos cortantes, salvo hachas, claro. La mejor y más dura es la de boj. También son fuertes las de acacia, encina, fresno, roble y olmo. Evidentemente, si contamos con navaja o hacha el trabajo avanza deprisa, de lo contrario tendremos que ir limándola con una piedra de grano grueso para darle forma y una de grano fino para afilarla. Para dar más fuerza al filo se pasa ligeramente por el fuego en todos los casos y se tiene al sol lo más posible.
Sus principales aplicaciones son: cuchillos grandes y pequeños, hoces (en este caso se le marcan ligeros dientes de sierra) y artes de caza.

PARA HACER FUEGO

Hacer fuego es quizá una de las cosas más importantes. Gracias a él podemos ablandar gran cantidad de alimentos vegetales que de otra forma serían incomibles. Su otra utilidad principal es la de proporcionar calor, lo cual es vital en ciertos lugares.
Frotando entre sí dos maderas, según métodos de antiguas tribus, uno se da cuenta de por qué guardaban la llama como algo sagrado. Las dos maderas han de estar sequísimas y hay que contar con una buena yesca y bastante resistencia muscular.
La forma más primitiva y difícil es con las manos, rotar un palo de madera dura y seca sobre otro tronco de madera muy seco y mejor si está medio quemado de una antigua hoguera. Previamente habremos practicado una pequeña hoya en una cara aplanada y dentro de esa hoya un agujero en el que encaje el palo. Hasta el agujero llega una pequeña hendidura para que penetre oxígeno, y en la hoya disponemos la yesca de forma que vaya cayendo al agujero.
Más evolucionado es el sistema del arco empleado por los indios americanos. La rotación es producida al mover el arco hacia delante y atrás. La fuerza hacia abajo se efectúa ligeramente con una piedra arenosa o una madera con un hoyo bien pulido que va bien aceitar.
El sistema más perfeccionado es atando dos troncos al palo que gira por su parte inferior. Es importante que el palo sea recto y los troncos queden equilibrados. Giramos lentamente el guía hasta que se enrollen las cuerdas de otro palo perpendicular a aquél. Tiramos de éste con fuerza hacia abajo haciendo rotar rápidamente todo el conjunto. Los troncos, con su inercia, hacen que siga girando, lo cual provoca un nuevo enrollamiento de las cuerdas (las manos aflojan ambas su presión sincronizadamente)… y volvemos a tirar. El ciclo continúa a gran velocidad.
Un sistema que emplean muchos pueblos primitivos es separar en dos una rama seca, con yesca en la hendidura. Se coloca en el suelo sosteniéndola con los pies, y con una cuerda se frota rápidamente. ¡La mayor dificultad consiste en que muchas veces es la cuerda la que se quema, rompiéndose y apagándose antes de la que podamos emplear!
Con yesca y golpeando con un hierro o cuchillo piedras como sílex, obsidiana, granito, cuarcita, etc. también hace falta poseer cualidades excepcionales.
Dejando de lado estos sistemas folklóricos, pero de resultados inseguros, podemos prender fuego improvisadamente enfocando sobre la yesca una lente obtenida de una cámara de fotografiar, unos prismáticos o con dos cristales de reloj unidos y con agua dentro.

¿Qué es una yesca? Un material muy inflamable que puede estar compuesto por plantas específicas como el hongo yesquero (Fomes fomentarías), el cardo yesquero (Echinops rubro), corteza de abedul, hojas de pino, médula de férula (esas umbelíferas gigantes), esa especie de algodón de los entrenudos de las cañas o del fruto del chopo, o simplemente hojas o hierbas muy secas o astillas de madera resinosa seca. Aprovechando artículos civilizados, fibra sintética tostada, gasolina, alcohol, papel, etc. Difícilmente encenderemos un fuego sin alguna de ellas aun contando con cerillas; para conseguir hacer fuego con los sistemas antes expuestos sería preciso tener una yesca muy buena, y de hecho el comercio de yesca era importante antiguamente. Pero mucho más importante es saber encender bien un fuego. Es preciso amontonar primeramente hojas o hierba seca, yesca, etc. Encima de ello una pirámide de finísimas ramas secas, encima otra de palitos de grosor menor que el de un dedo meñique, encima cuatro o cinco palos más gruesos. Siempre teniendo mucho cuidado de que no se asfixie por falta de aire. A mano, ramitas finas y gruesas para ir alimentándolo. La cerilla ha de colocarse, lógicamente, en la parte inferior y con el viento detrás de uno para que el fuego se propague hacia el centro. Al añadir madera cuidaremos de hacerlo poco a poco para no ahogarlo. Una vez han prendido los troncos gruesos y hay un poco de brasa, ya no existe peligro de que se apague. Para que arda bien hemos de procurar que penetre el oxígeno por debajo, para lo cual los troncos han de ser algo levantados del suelo. Para cocinar es mejor esperar un poco a que haya suficiente brasa y hacerlo sobre ella, o al menos como para permitir que se mantenga un fuego flojo sin riesgo de que se apague.
Para conservar un fuego de un día para otro sin tener que cuidarlo —técnica importante para economizar fósforos— hacemos un agujero y prendemos allí la hoguera. Antes de acostarnos avivamos el fuego, echamos unos troncos gruesos y esperamos que comiencen a arder. Entonces se entierran con las brasas echando por encima una capa de ceniza y otra de tierra. Durará más de veinticuatro horas. Para volver a prenderlo se desentierran, se amontona encima yesca y ramitas, y se sopla.
Para prender una hoguera en un día de lluvia hay que hacer un pequeño techado con hierbas, ramas, cortezas, etc. o bien buscar un sitio protegido; la encenderemos luego, y mientras tanto guardaremos allí el material que encontremos. Luego buscamos yescas todo lo secas que sea posible entre matorrales, en oquedades naturales, etc; si no las encontramos siempre podemos cortar la parte exterior de un tronco muerto hasta llegar a una zona que no esté húmeda y sacar de allí astillas. La corteza de abedul prenderá aunque esté algo húmeda (¡pero no descortecéis los árboles porque sí!). Ponemos esto a resguardo y recogemos a continuación palitos finos y un poco más gruesos. Como es difícil encontrar troncos secos para que ardan mejor, los descortezamos y suprimimos las partes más empapadas, luego les damos por todas sus caras una serie de tajos con el hacha levantando gruesas astillas hasta que parezca un puerco espín. Una vez esté todo preparado, en el centro de la zona protegida por el cubierto hacemos un agujero y colocamos una vela de pie. Amontonamos encima de ella y sin ahogarla la yesca y los palos como para una hoguera normal. Se prende fuego a la vela y la sacamos en el momento que se afiance el fuego. Este fuego ha de alimentarse con mimo exquisito; no es técnica fácil y conviene no aguardar a estar en un apuro para practicarla. Sin una vela (por eso se lleva en el botiquín de supervivencia) es dificilísimo prender un fuego con todo mojado. La podríamos substituir por tres o cuatro palitos de madera resinosa machacados hasta que liberen sus fibras y luego retorciéndolas entre sí, claro que hay que prepararlos antes de que llueva pues mojados no sirven.
Si prendemos alguna vez una hoguera en la nieve nos encontraremos con la desagradable sorpresa de que se va hundiendo en un charco de agua hasta apagarse. Para impedirlo amontonaremos bajo ella abundantes ramas verdes que la aislen.
Una hoguera ha de tener siempre en torno suyo un círculo de piedras que impida que se esparzan las brasas, y un metro de tierra limpia después, especialmente en verano. Siempre tiene que haber una persona de guardia junto a él, ha de ser pequeña y no ha de soltar chispas. También han de estar cortadas y preparadas dos grandes ramas con hojas para apagar un incendio de iniciarse. Para dominarlo no se golpea verticalmente sino de lado, llevando así las partes prendidas hacia lo que esté quemado. Al irnos, la hoguera ha de quedar cuidadosamente apagada y fría a base de agua y con piedras encima. Enterrarla sólo no es suficiente ya que pueden prenderse raíces y provocarse un incendio, a veces al cabo de días.

DE LA COCINA Y FRESQUERA

Para cocinar son mejores las brasas y los fuegos pequeños. Normalmente improvisaremos un trípode con tres piedras gruesas cuidando no asfixiar el fuego y colocaremos allí el cazo. Si la olla tiene un asa que permita ser colgada, podemos improvisar con tres palos con horquillas una estructura elevada como la de un tipi indio. Si el campamento es estable se hace una zanja alargada de forma que la olla pueda apoyar en los dos bordes. De esta forma el calor se aprovecha más y se gasta menos leña; además así no hay peligro de que la cazuela vuelque.
Algo que parece una tontería y es de lo más difícil de substituir es un bote para cocinar, pues muchos vegetales son poco asimilables sin cocción debido a sus altos contenidos de celulosa. Si se puede encontrar una lata vieja, asunto solucionado. De lo contrario, con un poco de papel de plata haremos un cacito para colocarlo sobre una piedra plana, y no directamente sobre el fuego. A lo desesperado se puede cocinar sobre una piedra algo ahuecada horizontalmente colocada encima del fuego, friendo los vegetales en vez de hervirlos, cuidando que no se peguen. No es que salgan maravillas, pero en fin… (también este método sirve para hacer pan).
¿Y hacer un cacharro de barro? El proceso es bastante complicado y con gran facilidad, como premio a nuestro trabajo, recogeremos un montoncito de pedazos inservibles. Por lo tanto, no nos extenderemos sobre ello aquí.

Para evitar que los víveres almacenados se estropeen por el calor o las moscas, podemos construir una fresquera. Basta colgar una repisa con dos cuerdas de una rama de un árbol sombrío. A las cuerdas unimos palos, y sobre ellos colocamos ramas con las hojas como en el vivac con arbustos. Ha de ser muy espeso para que no pase ni una mosca (nunca mejor dicho). En una de las caras triangulares se deja una puerta hecha de la misma manera. Si tenemos que guardar muchas cosas es una buena idea hacer esta despensa con varios pisos.
Si cerca hay un riachuelo podemos introducir en él la fruta, botes impermeables, etc. cambiándolas cuidadosamente con piedras. Si no hemos tenido tiempo de construir la despensa, dormiremos con la comida junto a nosotros. Si hemos de ausentarnos del campamento la meteremos en una bolsa o mochila y los colgaremos de un árbol para evitar que perros, zorros, ratas, etc. la devoren.

ILUMINACIÓN

En la vida campestre hay que acostarse con el sol y levantarse con él. Así se resuelve el problema de la necesidad de luz y damos un horario más natural a nuestro cuerpo. Así se hacía no hace muchos años en el pueblo, cuando la gente se iba a costar con las gallinas y se levantaba con el sol. No hay crisis energética, sino crisis de utilización de la energía.
En la vida al aire libre, desde luego, desechamos esos cacharros del “camping-gas'” y si por un determinado motivo hay que improvisar algo de luz, aparte del fuego se puede montar en un momento un candil de aceite del sencillo tipo de los que se utilizan para alumbrar a los santos: se echa en una taza o cualquier recipiente aceite y luego sal o tierra hasta formar una masa lo suficientemente densa como para que no se hunda la mecha. Ésta se puede hacer como antiguamente con el tallo de una planta que precisamente llaman candilera (Phlomis herbaventi), con las hojas retorcidas del gordolobo, o con un trozo de tela retorcido. Se puede sujetar en un redondelito de corcho para que flote y así no es necesario echar sal. Si bien esta luz no sirve para iluminar un campo de fútbol, es cierto que consume muy poco y una taza dura asombrosamente toda una noche. Como combustible podemos utilizar el aceite de las semillas de ciertas plantas silvestres: acebuchinas, hayucos, bellotas, etc. También están las antiguas antorchas hechas de astillas grandes del corazón resinoso y seco de un pino o un abeto.
Con media luna y sobre todo con luna llena se ve mucho, casi parece de día. Algunas de estas páginas están escritas sin más luz que la de la luna; es sólo cuestión de acostumbrar un poco los ojos. Y es que la luna… es la linterna de los animales del bosque, la luz de los gautxoris (“pájaros nocturnos”) que volamos en sueños en la noche, y el reflejo de la sonrisa de los noctámbulos enamorados.

elnuevodespertar

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~ por elnuevodespertar en 28/01/2012.

Una respuesta to “Supervivencia en la Naturaleza”

  1. ¿Como se llama la canciòn de fondo?

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